
A los ocho años logré convencer a mi madre de que me dejara tener un perro. Duró un fin de semana en casa. Durante mucho tiempo soñé con otro, pero, como nunca ocurrió, el deseo se fue borrando.
La marea baja dejaba al descubierto un vasto lienzo de arena húmeda, donde las huellas de la vida marina se entrelazaban en un intrincado tapiz. Una brisa suave acariciaba la costa, llevando consigo el aroma del océano.
Recuerdo el día del cumpleaños número cuarenta de mi padre. Además de la torta, recibió una tarjeta cuyo dibujo era el de hombre surfeando una ola. Debajo decía: “La vida es una osada aventura”. Suelo volver a Maldonado, desde el aeropuerto de Carrasco, en bus.
Cuando tenía veintipocos años creía que conquistaría el mundo sin equivocarme, puesto que había estudiado el manual de los manuales: Psicología. Por aquella época me creía omnipotente.
Mi primer escritorio ingresó a casa a los nueve años, era angosto, de pino, y en él se apoyaba una biblioteca. Recuerdo haber escrito redacciones con lapicera de tinta en hoja Rivadavia, haber estudiado “El descubrimiento de América” de mi primer libro de Historia,